Una pirámide en un lago: el Templo Mayor de Tenochtitlan

Imagina alzar una pirámide de piedra de unos 45 metros —más o menos la altura del Ángel de la Independencia— sobre arcilla blanda, en una isla en medio de un lago. Eso hicieron los mexicas con el Templo Mayor de Tenochtitlan: el edificio religioso más importante de su capital y el eje simbólico del imperio.

Aunque es obvio, es importante decir que su construcción no se hizo de la noche a la mañana. Entre el siglo XIV y la destrucción de la ciudad en 1521, casi doscientos años, el templo se fue haciendo cada vez más grande. El templo crecía a la par del poder mexica. Después de una conquista importante solía abrirse una etapa nueva, que santificaba la llegada de más tributo. Temblores, crecidas y el propio hundimiento también obligaban a reparar y a subir el conjunto. Hubo cuando menos siete ampliaciones mayores y otras menores, además de nivelaciones y mantenimiento. Lo que hoy en día se asoma en el Centro Histórico son esas capas, una sobre otra.

El obstáculo de fondo para una construcción de esas dimensiones era el suelo. Tenochtitlan nació en un sistema de lagos. Debajo hay arcillas que se comprimen y ceden con el peso. Para que la pirámide no se sumiera, combinaron recursos: estacas de madera clavadas en el lodo, tierra y piedra apisonadas, muros que contienen el relleno, plataformas que reparten la carga y desagües que sacan el agua. Era una arquitectura pensada para un terreno “a la ofensiva”.

El templo evocaba el Coatépetl, el Cerro de las Serpientes, donde Huitzilopochtli tiene su origen. En la cima estaban las capillas de los dos dioses; al pie, monolitos como el de Coyolxauhqui y el de Tlaltecuhtli. Quien camina hoy la zona arqueológica ve muros de distinta época, escaleras que ya no alinean y núcleos de tezontle. Levantar una pirámide en un lago pidió conocer el territorio, organizar a mucha gente y sostener una idea: el centro del mundo no se muda, se agranda.

No había animales de tiro ni carros de carga. La vía útil para transportar los materiales de construcción era el agua Casi todo se movía en canoa. Quien a la espalda apenas carga unas decenas de kilos puede llevar por lago el equivalente a más de una tonelada, a paso lento. El ahorro de esfuerzo era enorme.

Los materiales para su construcción
La cuenca es volcánica por lo que es lógico que de peñones y sierras cercanas saliera casi toda la piedra utilizada. El tezontle —poroso, de rojos, violetas y negros— pesa poco, aguanta la intemperie y pega bien con la cal. Sirvió para rellenos, fachadas, gradas, banquetas, muros de adentro y pisos.

La cal no era común en esa cuenca de lava por lo que era traída de lejos, sobre todo de la región de Tula, en el actual Hidalgo, y se mezclaba con arena volcánica para los aplanados blancos de fachadas, pisos y escaleras. La madera —pino, oyamel, cedro, ahuejote— iba a estacas, jambas, dinteles, vigas y techos.

El basalto, más denso, de gris a negro, fue a cimientos, muros de carga y las escaleras grandes. También se esculpió en serpientes, que recordaban el carácter sagrado del cerro. Otras piedras volcánicas, rosadas o grises, se cortaban en lajas para pisos a la intemperie, bases de cimentación y esquinas. La tierra de las orillas del lago, arcillosa y oscura, se usaba a granel cada vez que había que cubrir una etapa y construir otra. En esos rellenos aparecen a veces algas, tules y caracoles.

Las fachadas iban enlucidas de cal: el templo se veía blanco y brillante en la isla. El color vivo se concentraba en las dos capillas de arriba —rojo, ocre, azul, negro y blanco—. Adentro, el lado de Huitzilopochtli hablaba de guerra; el de Tláloc, de fertilidad y agua.

Hoy en día en lugar lleno de historia

Si estás en la Ciudad de México, la Zona Arqueológica y el Museo del Templo Mayor dejan ver esas capas de cerca. El recinto sigue siendo una lección de ingeniería, de paisaje y de poder sagrado en el corazón de la ciudad. Conviene mirar el suelo: cada estrato guarda un tramo de esa historia.

¿Por qué el templo ya no tiene la altura del Ángel? Porque españoles y aliados indígenas lo derribaron y lo desmontaron, tras la caída de Tenochtitlan en 1521. Con el tiempo, el hundimiento del suelo y el crecimiento de la ciudad colonial dejaron los restos más abajo que el nivel actual de las calles. Texto sin fines de lucro. Para comentarios o correcciones puede escribir a gilquipa@gmail.com

Referencias Material divulgativo del Museo del Templo Mayor y del Proyecto Templo Mayor (INAH) y “Érase una vez Tenochtitlán. Entre Dioses y Tlatoanis” del autor Alejandro Rosas.