Revelan murales que Teotihuacán no se quemó en una noche

Común que uno llega a Teotihuacán y decide emprender camino por una de sus zonas más atractivas… la Calzada de los Muertos. Esta luce imponente ante las miradas del hombre en la actualidad. Uno se queda perplejo mirando las pirámides y piensa en lo enorme que debió ser en su tiempo, pero también en el misterio de por qué fue abandonado. ¿Se quemó de un solo golpe? ¿Hubo una invasión? ¿O simplemente la gente se fue poco a poco?. Bueno, resulta que un estudio reciente de la UNAM y el INAH le da otra vuelta a esa historia, y lo hace a partir de algo tan sencillo en apariencia como la pintura roja de los murales.

El trabajo fue encabezado por el experto Avto Goguitchaichvili, del Servicio Arqueomagnético Nacional. Junto con gente del Instituto Nacional de Antropología e Historia revisaron tres murales cerca de la Plaza de la Luna y la Calle de los Muertos.

Analizaron 43 muestras de pigmentos y estucos para ver si esas capas de color podían registrar el campo magnético de nuestro planeta en el momento en que se aplicaron. Suena raro, pero tiene sentido. Las pinturas rojas de esa época llevan óxidos de hierro, y esos minerales actúan como pequeñas cápsulas del tiempo. Cuando se secan o se calientan, preservan la dirección e intensidad del magnetismo terrestre. Es lo que llaman arqueomagnetismo. Antes se usaba más con objetos quemados, pero aquí lo probaron con la pintura misma, algo que ya se había hecho con frescos del Vaticano y ahora se hizo en Teotihuacan.

Señales claras de varias quemas
Lo interesante es que encontraron señales claras de quemas, pero no de una sola. Había capas de pintura sobre muros que ya habían estado expuestos al fuego. Eso cambia el panorama. Antes se pensaba que los edificios se quemaron al final, cuando la ciudad colapsó o la abandonaron. Pero los nuevos datos revelan que esas prácticas de quema ocurrieron en momentos distintos, mientras la gente todavía vivía ahí con cierta normalidad. Aplicaban pintura nueva encima de paredes que habían ardido antes. No es un incendio final catastrófico como se ha venido creyendo, sino ciclos.

Los fechamientos salieron en dos rangos. Uno entre el 300 y el 400 después de Cristo, que coincide con épocas en las que ya se sabía que había murales activos. El otro entre el 550 y el 650, justo cuando se habla del declive. Gloria Torres Rodríguez, restauradora del INAH que participó, explicó cómo está hecha la arquitectura: un núcleo de barro con tezontle, luego un aplanado fino y encima el estuco donde va el color. Las muestras salieron del edificio 3, del Palacio de Quetzalpapalotl y del Altar 3, todos en la Calzada de los Muertos. Notaron diferencias en el tono del rojo: a veces más fino, a veces más intenso, y restos de material quemado que antes se asumen del final, pero ahora se ve que no necesariamente fue de esa manera.

Verónica Ortega Cabrera, que lleva años trabajando en el sitio arqueológico, dice que estos fechamientos absolutos con arqueomagnetismo son relativamente nuevos en el lugar y abren una visión distinta de cómo evolucionó la ciudad a través de sus materiales. Tiene razón. Todavía estamos rascando la superficie. Incluso las fechas de las pirámides del Sol y de la Luna no están del todo cerradas; falta cruzar mejor lo de radiocarbono con esto del magnetismo, agrega la especialista.

Lo anterior hacer pensar en lo dinámico que debió ser el lugar. No una gran urbe que un día solamente se apagó, sino un espacio donde se construía, se decoraba, se quemaba algo y se volvía a pintar. Como si la gente reutilizara los espacios una y otra vez.

El estudio salió en el Journal of Archaeological Science Reports y los experimentos los hicieron Rubén Cejudo y Karen Arreola con magnetómetros bastante especializados. No es magia, es física aplicada a la arqueología, y funciona porque las “hematitas” de esas pinturas guardan la señal de manera confiable.

Falta mucho por saber ya que Teotihuacan es enorme y apenas se ha excavado una parte. Cada dato nuevo mueve un poco el rompecabezas en otra dirección. Todo lleva a preguntarse cuántas historias quedan enterradas a la espera de ser descubiertas. Algunas de esas paredes rojas ya empezaron a hablar, y lo que dicen es que el final no fue tan simple como lo imaginábamos. Hay que seguir mirando con calma, sin prisas por cerrar una gran parte de la historia cuyos murales preservan señales confiables de ciclos de quema que ofrecen una nueva visión de cómo evolucionó Teotihuacán. Texto realizado con base en el boletín de la UNAM “Pigmentos ofrecen nueva visión de cómo evolucionó Teotihuacan”.