Peso del alma, famosa medición de Duncan Mac Dougall

Gran debate ha causado entre filósofos, religiosos y científicos la probabilidad de la existencia del alma. Casi desde que el ser humano existe se ha cuestionado sobre el tema. La comunidad científica, por su parte, también ha buscado respuestas al respecto, pero el conocimiento cada vez mayor de las estructuras de los seres vivientes ha llevado a la conclusión de que no es un tema para la ciencia. No porque no sea creíble, sino porque no se ha podido demostrar a través del método.

La posición de la ciencia ante algo paranormal, de acuerdo al fisiólogo molecular Marcelino Cereijido, investigador del Cinvestav, es agnóstica, es como pasar la pelota al campo contrario, porque el agnóstico no dice que Dios no existe, no dice que el alma no existe, sino que nadie ha demostrado que exista.

La inquietud científica ha llevado a explorar temas que hoy son mitos y leyendas. Por ejemplo, Galileo Galilei, en su tiempo aseguraba haber calculado la dimensión exacta del infierno descrito por Dante en la Divina Comedia. Incluso el matemático y físico británico, tan respetable y reconocido por la formulación de la Ley de la Gravitación Universal, Isaac Newton, llegó a relacionar la novela con leyes de la física.

Entre los experimentos más insólitos está el del médico estadunidense Duncan Mac Dougall de Haverhill, Massachussets. Quería demostrar que el alma humana existe y tiene peso. Nadie sabe cómo, pero en febrero de 1907 había reclutado a seis moribundos para observarlos y pesarlos antes, durante y después del proceso de muerte. Midió cada cambio de peso con una báscula de alta precisión.

El resultado parecía coincidir en cada caso: se pierden poco más de 21 gramos al momento de morir. Ni así Mac Dougall se atrevió a asegurar que el alma existe y tiene peso, pero la noticia se expandió rápido al grado de filtrarse a las páginas del New York Times. Lo curioso es que la “evidencia experimental” consistió en sólo seis pacientes.

Tampoco precisó si los famosos 21 gramos no se relacionaban, en verdad, con el sudor, cese de la respiración, coagulación de la sangre, vaciamiento de los pulmones o si su sistema de medición era realmente exacto. El alto margen de error indudablemente resta veracidad científica a esos acontecimientos y ha desembocado en un mito que causa curiosidad entre los que gustan de esos temas. 

¿Qué pasó después? La larga sombra de los 21 gramos
Si el experimento de Duncan MacDougall hubiera quedado en la revista American Medicine de 1907, hoy nadie lo recordaría. Pero tuvo algo que la ciencia rigurosa casi nunca tiene: un titular perfecto. El mito se hizo imparable, pero la ciencia también siguió.

1. Las refutaciones inmediatas.
El mismo año, el médico Augustus P. Clarke señaló lo obvio que MacDougall había ignorado. Un cuerpo agonizante suda, respira agitadamente y su temperatura sube. Clarke calculó que la evaporación pulmonar y del sudor podía fácilmente explicar la pérdida de 21 gramos. MacDougall contestó que él ya había considerado eso, pero nunca mostró controles reales.

El físico Lewis E. Hollander lo intentó de forma más limpia en 2001: pesó 8 ovejas, 1 cabra y 3 corderos en el momento de la muerte con básculas de precisión digital. Resultado: algunos ganaron peso por fluidos, otros perdieron, ninguno 21 gramos de forma consistente.

2. El problema de la balanza. 
Hay un error conceptual que casi nadie menciona. MacDougall asumía que la muerte es un instante, un "clic" donde el alma sale. Hoy sabemos por cuidados intensivos que la muerte es un proceso que dura minutos y horas: el cerebro deja de funcionar, luego el corazón, luego la respiración celular. ¿En qué segundo exacto debía moverse la aguja? Además, una cama con un hombre de 70 kg que deja de respirar, deja de moverse y se relaja, cambia su centro de masa. En una balanza de palanca de 1901, eso se registra como pérdida de peso, aunque la masa sea la misma.

3. Por qué no muere el mito.
El experimento fracasó como ciencia, pero triunfó como metáfora. En 1907 vivíamos el auge del espiritismo, la gente quería que la ciencia le diera permiso para creer. En 2003, Alejandro González Iñárritu lo revivió con 21 Gramos y la cifra se volvió a tatuar en la cultura popular. Dan Brown lo metió en El símbolo perdido, y hasta en foros de biohacking modernos hay quien propone pesar el cuerpo con sensores electromagnéticos, como propuso el Dr. Gerard Nahum en 2005 y nunca se hizo.

La neurociencia actual ya no busca el alma en gramos. La busca en patrones. Si algo sobrevive unos segundos después de la muerte, no es masa, es información: la actividad eléctrica residual del cerebro, que hoy podemos medir hasta 10 minutos después del paro cardíaco no pesa, pero existe. 

MacDougall hizo mala ciencia. Tomó seis casos, descartó dos que no le convenían porque "la balanza falló", uno murió mientras calibraba, y se quedó con el único que le dio 21.3 gramos. Pero hizo una pregunta que todavía nos incomoda: Si somos solo química, ¿por qué nos duele tanto que alguien ya no esté? Pesar el alma fue su forma torpe de preguntar cuánto pesa una ausencia. Y esa pregunta, a diferencia de su balanza, sigue bien calibrada. (Texto Gilberto Quiroz) (MYT Zona de Miedo)